tenés cara de usar banco francés y se rió porque yo bajé la mirada dándole la razón, me ganó una pelea que nunca accedí tener. La chica que está al lado me patea la bota, me pide perdón al instante y yo sonrió con dientes y le digo que no pasa nada pero no giro la cabeza para mirarla, hablo hacia el frente y ella acerca su boca a mi oreja para repetir las disculpas y el árbol de palta que lleva en su totebag me acaricia el brazo. El recital sigue. El 33% de la gente de este lugar tiene mi edad otro 33% tiene 20 años menos y el otro 33% tiene 20 años más. Liquidada estoy, esperando hasta el fin. Esto parece una canción de el mato pero no. (El 1% restante son niños e insectos). A mí izquierda hay un rubio en chupines y camiseta a rayas que revisa su celular. Revisa los me gusta de una publicación ajena y después hace un zoom indecente sobre las fotos del posteo, se acerca a una axila ahora se acerca a un labio. Dios mio alguien hará zoom sobre mis fotos para comprobar si mis cejas son las originales o están perfiladas o teñidas (son los originales) alguien hará zoom para ver si hay cicatrices en mis rodillas (las hay) alguien hará zoom para revisar la salud de mí pelo decolarado (me esfuerzo mucho en mantenerlo pero no lo suficiente). Alguien verá la vida en mis ojos.
Una mujer se apoya sobre el rubio que guarda el teléfono y la abraza. Ella tiene mi edad y dos hebillas con gatitos atajandole el flequillo. Desde que estoy en mis treinta nunca entiendo que significa estar en mis treinta y este lugar me confunde más, no encajo. Otra mujer baila mal drogada delante mío. Tengo un pan de masa madre en la cartera. Anticipo un negroni con dos hielos, la gente hace un intento de pogo, saboreo desde el recuerdo el tolueno del esmalte de uñas, un dedo, dos dedos, tal vez no tengamos fin. Estoy desparramando todo esto en el medio de un recital y qué. Mi amiga baila. Es el principio del otoño.